Existen unas cajitas que llevamos dentro, en las que vamos colocando cuestiones que no sabemos donde poner, o que no podemos revisar de inmediato, entonces poco a poco vamos llenando la cajita con diversidad de emociones no resueltas, duelos inconclusos, temores no enfrentados, palabras no dichas, entre otras.
Cuando la cajita está repleta empieza a destaparse hasta que, por uno u otro evento de la vida, resulta que se le cae la tapa porque ya no resiste la presión y se derrama todo aquello que lleva dentro, se abre la caja mostrando sin tapujos todo aquello que pensamos que no existía más.
Esos momentos, en los que es irremediable el desparrame de cuestiones acumuladas, son una especie de alteración del tiempo, porque vemos en el presente cosas que son quizás de múltiples pasados, además, se trata de momentos de grandes revelaciones ya que todo aquello se presenta para que podamos reorganizarlo, darle un lugar apropiado a cada cosa y por fin poner en la basura lo que ya no necesitamos, despedirnos de cosas que no tienen ya un sentido en nuestro presente.
Me parece que una o muchas veces hemos de vivir este tipo de eventos, porque forman parte de la sabiduría que nos guía desde lo más profundo, y nos lleva a esos lugares donde se va a destapar la caja y al fin enfrentar lo que se esconde.
Aunque puede ser agobiante, confuso o doloroso tener que organizar la caja, me parece que es un tesoro la oportunidad de hacerlo, es un tesoro porque lo más preciado en este vida es profundizar en nuestro mundo interno y saber habitarlo.
Para habitar nuestra realidad con integridad y conciencia hemos de saber dónde están las cosas y ordenar su prioridad, su utilidad, su función y saber despedirnos de lo que ya no nos dice nada.
Abrazar los momentos en los que aparece lo real, nos vuelve más auténticas, valientes y seguras de lo que llevamos dentro.
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