Habitar el placer


Desde los más remotos episodios de la historia humana, el placer ha significado la experiencia misma del ser.

Habitamos el cuerpo que experimenta formas de lo que podemos llamar la delicia.

Deleitarnos en una actividad que involucra nuestros sentidos es una forma de ser humanas, y particularmente en las mujeres el cuerpo expresa el gozo.

La referencia antigua de esto es que antes del castigo de un dios que aparece en el ancestral jardín de la diosa, el parir con placer era el sinónimo del habitar la vida desde el disfrute, la soltura, la exuberancia de la tierra.

Con el patriarcado se inicia una persecución de este placer femenino que invocaba la alegría de nacer y reconocer las distintas sensaciones asociadas a esta encarnación humana, dotada de un cuerpo sintiente, menstruante, sabiente y profundamente conectado a la vida.

Por lo que una de las bases de la religión monoteísta patriarcal ha sido la negación del placer y el sufrimiento como el camino espiritual que lleva al cielo. Esto claramente parece una forma de contradecir el antiguo orden donde la diosa predominaba, ya que en estas cosmovisiones el cielo es ahora, no hay ningún lugar a donde ir y el gozo es una forma de vivir lo divino.

El placer en la vida actual

Las sociedades llamadas modernas, operan desde una pérdida del placer por vivir, por crear y por cuidar el paraíso en el que habitamos.

La productividad, el prestigio, el dinero, la fama, el poder, toda clase de bienes materiales, aplastan la simplicidad de experimentar la felicidad, la plenitud, la belleza.

El placer tiene mucho que ver con la política, en el sentido amplio de ambos términos. Ya que mediante la energía del gozo o del eros, podemos habitar un cuerpo que experimenta el gozo de vivir, o el sufrimiento del agobio diario de la esclavitud de un modus operandi que nos aleja de lo que amamos o que reprime todo lo que queremos crear. Que absorbe nuestro tiempo en función de ganar dinero.

Recuperar el disfrute como acto de rebelde soberanía

Habitar el placer inicia con respirar profundo, con relajar nuestras tensiones y en descansar en momentos de no hacer. En liberarnos del mandato de no producir, y sentirnos en la capacidad de valer mucho cuando no le servimos a nada ni nadie.

Al invertir tiempo y atención en esos gustos que nos nacen de algún lugar misterioso, las ganas de leer, de ver las nubes, las ganas de abrazar el suelo, el deseo de investigar algo que queremos saber, las poesías nunca escritas que son para mi misma. Las comidas que quiero realizar sin receta.

Regresar a ese estado inicial en el que habito el placer de ser y hacer lo que llevo dentro, aunque no sepa bien de que se trata ni necesite controlarlo.

Escapar de las presiones empieza en un simple respiro profundo, que busca la serenidad y todo aquello que nadie puede robarme, que nada puede matar en mí.

El placer como un camino de autoconocer, mi propio placer.


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